La cultura y el reseteo de las ciudades postindustriales

Posted on diciembre 16, 2014

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Lanzamos este texto a partir de nuestras reflexiones en el proyecto No Job Lab, con el ánimo de dialogar con otros agentes sobre el tema planteado. Esperamos vuestras aportaciones y experiencias en los comentarios.

libraryNuestra participación en el proyecto This is not Detroit nos ha permitido profundizar en la reflexión sobre el futuro de la ciudad postindustrial. Ahora que cae en picado el modelo industrial clásico, ¿qué sector liderará el nuevo capítulo productivo de nuestras urbes? Urbanistas y gestoras públicas parecen tenerlo claro: las industrias creativas y culturales son la llave para abrir las puertas a la prosperidad económica. A la luz de los números no podemos quitarles la razón. Los datos arrojados por el informe Sostenuto, aportados por el economista Pau Roussel en el marco del International Lab de Zaragoza, demuestran que la apuesta por estos sectores productivos trae consigo un incremento de la renta per cápita en las regiones. La cultura mueve dinero a través de turismo e inversiones, y, en el contexto de las ciudades a la deriva por el impacto de la crisis financiera global en su economía, se presenta como un salvavidas que los ayuntamientos parecen no estar dispuestos a dejar pasar.

Nantes, Bochum o Zaragoza son solo tres ejemplos en Europa de este reseteo cultural. Con sus diferencias estructurales y coyunturales, las tres ciudades ejemplifican el itinerario de la ciudad postindustrial en su proceso de conversión en ciudad creativa. Todas ellas viven o han vivido procesos de desmantelamiento de sus tejidos industriales, ya sean paulatinos como en el caso de Zaragoza, o abruptos como en el de Bochum. En las tres ciudades se ha intensificado la actividad cultural, estimulada por la presencia de centros culturales innovadores de nueva creación. La Cuenca del Rühr fue Capital Europea de Cultura en 2010, Zaragoza estuvo a las puertas de serlo para 2016. Tanto Nantes como Zaragoza cuentan con equipamientos industriales de alto valor patrimonial, tangible e inmaterial, ahora reconvertidos en centros de innovación social y cultural, ya sea gracias a proyectos promovidos por sus administraciones o por sus ciudadanías.

Siguiendo con las similitudes, nuestra mirada se desvía al constatar que las tres ciudades cuentan con un sector cultural y creativo precarizado y maltratado por sus administraciones públicas. Esas mismas que destinan el capital a la transformación física de la ciudad en epicentros culturales a la caza de fondos europeos, parecen olvidarse de habitar sus nuevas instalaciones con la cantera de profesionales del sector que la ciudad atesora. Así, aparecen equipamientos culturales innovadores y con programaciones de gran nivel sin apenas personal para la gestión de su actividad, lo que no solo afecta al funcionamiento interno de los centros, sino que se traduce en una cadena de carencias que conducen al fracaso de sus proyectos y su escaso impacto sobre sus ciudadanías.

En el caso de Zaragoza, con la oferta de empleo público paralizada en el último ciclo económico, han florecido incesantemente instalaciones culturales en la ciudad, cuya necesidad de personal ha sido cubierta a través de promoción interna por funcionarios sin formación específica para el desempeño de sus funciones, en un proceso paralelo a la emergencia de titulaciones superiores en el ámbito de la cultura en la Universidad de Zaragoza.

Aparece así un nuevo must have de las nuevas ciudades culturales: el impulso del emprendimiento en los sectores creativos y culturales, gracias al cual las administraciones matan dos pájaros de un tiro. Por un lado, logran frenar la fuga de talentos de su ciudad a las capitales culturales, asentando a un ecosistema productivo rentable para las arcas públicas en su territorio. Por otro, consiguen abastecer de contenidos y personal intermitente a sus numerosos equipamientos culturales sin necesidad de configurar plantillas estables de personal cualificado en ellos. Es aquí donde la apuesta por la cultura de estas ciudades empieza a parecer menos seria y más cortoplacista.

Poner a la ciudad guapa y enrolarse en proyectos titánicos era lo fácil, pero ¿cuándo va a empezar a suponer un incremento real en la calidad de vida de sus ciudadanías? Un sector productivo que se sostiene gracias al apoyo temporal de las administraciones públicas al emprendimiento, y cuyos ingresos provienen mayoritariamente de la prestación de servicios a éstas, directa o indirectamente ¿cuánto logrará sobrevivir y cuán permeable será a los cambios de manos en la gestión de las ciudades? ¿Qué capacidad de crecimiento tiene este nuevo sector emergente para lograr activar la economía en el resto de sectores productivos de la ciudad y poder llegar a considerar que la ciudad cultural es un éxito? ¿Nos encontramos ante una nueva burbuja que en unos años nos volverá a conducir a la deriva económica?

Sin certeza ninguna, los ayuntamientos de las ciudades culturales se muestran optimistas respecto al futuro tomando como referentes los casos de éxito. Pero en sus flamantes equipamientos culturales no logran conectar con la población ni consiguen movilizarla para participar en sus programaciones, a pesar de tener a todos los talentos de la ciudad a su servicio para su ejecución. Se hace necesario un trabajo constante y estable sobre el territorio, con una inversión seria en equipos humanos y generación de conocimiento, unas políticas públicas que tengan en cuenta a las ciudadanas y que reviertan en su bienestar, si se quiere que la ciudad cultural no sea un nuevo espejismo.