La hora del municipalismo

Posted on junio 3, 2014

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El municipalismo, más allá de una mera categoría administrativa y burocrática, define un proyecto político cuyo ámbito de acción son las instituciones más cercanas (pueblos y ciudades). Sus agentes no son partidos políticos sino candidaturas ciudadanas donde la identidad entre gobernantes y gobernados es total. Estas candidaturas ciudadanas cambian la jerarquía del Partido por el funcionamiento asambleario, apuestan por la participación directa en los asuntos políticos y trasladan las decisiones tomadas por las asambleas a las instituciones. Es, también, la gestión de los recursos, bienes y servicios de acuerdo a las necesidades más inmediatas y en tanto que bienes comunes, definidos, precisamente, por la gestión democrática que se hace de ellos. En definitiva, es una propuesta de autogobierno.

En la actual coyuntura, el municipalismo es una propuesta realista con soluciones a los males que se identificaron en el 15M. Entre otros, una política vaciada de participación, el gobierno de las oligarquías, la democracia como simulacro, la casta política como clase parásita, la corrupción estructural del sistema, la partidocracia como una herramienta que impide el funcionamiento democrático de las instituciones. Además, puede ser una respuesta a los desafíos con los que se han enfrentado los movimientos desde aquel mes de mayo: la fragmentación, la imposibilidad de entrar en las instituciones para cambiarlas, la frustración de ver que todo sigue igual y que las formas establecidas por los cauces electorales no posibilitan un cambio. En fin, el reto de participar en el sistema eludiendo las trampas y servidumbres de la representación, del liderazgo y del Partido que ya se denunciaron entonces.

Estamos ante la forma de articular un proyecto político con las demandas y exigencias de los diferentes movimientos, colectivos, asambleas, grupos en lucha, mareas, oenegés, asociaciones de vecinas y ciudadanas. Un proyecto con capacidad para cambiar las cosas, para tomar decisiones y para hacer reales esas demandas y exigencias. Ese proyecto político no está dado de antemano: no es simplemente una declaración de buenas intenciones,  no es el resultado de la suma de las partes,  no es la aceptación por todas de una agenda particular. Ese proyecto tiene que ser construido. Hablamos de participación, de organización, de toma de decisiones desde abajo y de horizontalidad. El municipalismo no tendría la forma de un Partido; pensamos en una candidatura asamblearia dispuesta a entrar en la institución. Esta asamblea municipalista sería tanto la composición de una lista municipal como la construcción radicalmente democrática de esa asamblea. Se trata de encauzar el poder destituyente que se configuró en el 15M y transformarlo en un poder constituyente que cambie las reglas del juego y defina una verdadera democracia.

    No cabe duda de que un proyecto de estas características y de semejante ambición, se encontrará con diversas dificultades. Las más obvias tendrían que ver con la capacidad de tejer alianzas y componer una organización que supere las diferencias y consiga conformar un proyecto transversal a los partidos, movimientos sociales y demás organizaciones. De la capacidad que tengamos para imaginar y construir un proyecto común, aunque no sea sólo mi proyecto y todo mi proyecto o aunque no sea toda la agenda de mi organización, dependerá su éxito. Otro grupo de dificultades tiene que ver con las posibilidades de acción que permiten las disposiciones legales. Sin duda es algo a lo que hay que hacer frente, aunque también son muchas las áreas de acción. Pensemos en los servicios que gestionan los ayuntamientos como, por ejemplo, agua, vivienda y, algunas de sus competencias, empezando por urbanismo que sería la más importante. Tenemos material más que suficiente para intervenir en asuntos cruciales tanto en la escala municipal como estatal e, incluso, supraestatal. Imaginemos por un momento lo que significaría el área de vivienda de un ayuntamiento gestionando las casas vacías para satisfacer las necesidades de la gente en lugar de la de los bancos; lo que significaría recuperar los servicios externalizados como el agua, la limpieza y los jardines; o, sin ir más lejos, poner en marcha una auditoría ciudadana de la deuda municipal. Igualmente, habría que tener presentes los peligros del aislacionismo, es decir, las dificultades insalvables que tendría que afrontar un ayuntamiento completamente aislado. La supervivencia de este planteamiento depende de la capacidad de tejer alianzas con otros municipios para la gestión de bienes, recursos y servicios y para darse apoyo mutuo. Por último, habría que hacer un esfuerzo para no confundir el municipalismo con el particularismo, el comunitarismo o el nacionalismo más ultramontano. Usar las candidaturas ciudadanas para que otras élites y otras oligarquías tomen el poder sería la más triste derrota. Por supuesto que el respeto a las decisiones de las diferentes asambleas debe ser un requisito inexcusable, pero nos gustaría pensar que eso no es incompatible con formas de organización que vayan más allá. Esas formas de organización pueden pasar por el federalismo, el confederalismo y cualquier otra solución que podamos imaginar. De hecho, pensamos que esa organización es indispensable para la supervivencia de cada uno de los proyectos individuales y para reunir la fuerza necesaria que nos permita  cambiar el sistema.

    Las asambleas municipalistas son, asimismo, una palanca democratizadora no sólo de los propios municipios sino de todo el sistema en varios sentidos. Primero, si como aprendimos en el 15M, la democracia se aprende haciéndola más que dejando que otros la hagan en nuestro lugar, y el municipalismo es una llamada a la participación activa en los asuntos de todas y a la construcción de los bienes que queremos tener en común, involucrarse en esta gestión y en la toma de decisiones es involucrarse en la democracia: hacer la democracia que queremos tener. Segundo, y ante el bloqueo que sufren nuestras instituciones ya sea porque son presas de las oligarquías político-económicas que controlan la arquitectura institucional del actual sistema; ya sea porque las decisiones más importantes que afectan de forma directa a la vida de todas se toman en instancias a las que la ciudadanía no tiene acceso, las listas de ciudadanos son la toma efectiva de las instituciones, empezando por las más cercanas para, desde allí, empezar a cambiar el sistema poniendo en práctica formas de hacer, desobedeciendo leyes injustas, devolviendo al común todo aquello que nos ha sido expropiado e imaginando las nuevas instituciones de una verdadera democracia.

    El municipalismo puede inyectar en el sistema la potencia democrática suficiente para iniciar un proceso constituyente desde abajo que acabe regenerando todo el sistema. Debe ser una puerta de entrada si, y sólo si, esa misma puerta es el principio por donde el sistema empieza a caer y por donde entran los materiales con los que se va a construir uno nuevo. Municipalismo es democracia, a condición de que nosotras lo hagamos posible.

Daniel Jiménez de Movimiento por la Democracia Zaragoza
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