Una mañana en el Rastro

Posted on mayo 14, 2014

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El otro día nos juntamos una docena de personas para hacer una visita a un laboratorio de innovación ciudadana que está cerca de la estación de Delicias. Era un espacio bien ventilado y soleado pero lo que más nos gustó fue el ambiente animado y diverso que se respiraba. La gente miraba, preguntaba, intercambiaba impresiones, observaba los objetos puestos a la venta. También se podía estar, simplemente, o pasear. Aunque menudeaba la policía.
Era un domingo por la mañana y este precioso laboratorio no tenía el lustre del reciente OpenUrbanLab de Zaragoza en el vecino centro de Etopía, pero sí esa patina de la historia descarnada y esas formas de resistencia de las clases populares que tanto nos gustan. Era el Rastro de Zaragoza, claro, en su actual emplazamiento del inservible parking de la Expo junto al barrio de La Almozara.

Adolfo y Julia, dos payos enamorados de los mercadillos ambulantes, nos habían convocado en la puerta del bar de la entrada. Nos dieron un dossier con artículos y noticias sobre el Rastro, y nos invitaron a que Juanan nos hiciera una pequeña visita guiada y escucháramos cómo nos contaba lo que él quisiera. Juanan, también payo, formó parte durante muchos años de la sección de cacharrería y antigüedades del rastro, y conoce bien su historia y a todos los vendedores que resisten desde la primera época del mercadillo. De su actual emplazamiento enfatiza que queda a desmano y que está poco resguardado del sol y del viento.
El primer vendedor que nos presenta Juanan es Albertín, gitano dedicado desde hace tiempo a la restauración y venta de antigüedades. Un momento antes, Juanan destaca la importancia que desde el principio ha tenido la etnia gitana en la historia del Rastro. Albertín nos cuenta que ahora se vende mucho menos y que se venden cosas que antes no se solía vender como bicicletas, lavadoras y microondas. Nos destaca que por aquí vienen a comprar personas de todos los niveles sociales y, entre ellos, abogados, jueces, fiscales y hasta policías municipales.
A continuación nos desplazamos hasta el puesto de libros de Emilio, viejo conocido payo de Juanan y auténtico testigo de la historia del Rastro desde sus inicios. Su pasión siempre han sido los libros. Para Emilio, la juventud ahora está más interesada en la tecnología que en los libros, “bueno”, reflexiona, “aún comprarían algo los jóvenes pero es que no tienen trabajo, ahora solo queda una élite”. En ese momento, se acerca un joven y, con acento magrebí, le pregunta por el precio de un diccionario español-alemán. “Tanto”, dice Emilio, “cuanto”, dice el joven, “no puedo bajar de tanto”, termina Emilio, y el joven se aleja sonriendo. A nuestra pregunta, Emilio nos cuenta que ahora hay más regateo que antes, “ahora se ha pervertido todo, pero yo mantengo un nivel”.

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En la mayor parte de los puestos de vendedores gitanos aparecen mezclados mil y un objetos de lo más diverso. “La economía de esta gente es muy precaria”, nos dice Juanan, “y el ayuntamiento ¿cuánta pasta saca de esto? Se podrían hacer muchas cosas para mejorar el rastro, acondicionar unas naves que sirvieran a los vendedores para almacenar y que posibilitaran los intercambios entre puestos, situar en la entrada una cabina que cambiara euros por moneda social con un IVA solidario…”.
La presencia de los policías locales es continua. En un momento vemos a dos que trasladan unas bolsas grandes de plástico en las que han metido la hierbabuena y el perejil que acaban de requisar a quienes intentaban sacarse algún dinerillo vendiendo por libre estas hierbas de aderezo. Poco después, otro policía se acerca a dos chavales de tez morena que un poco al margen habían extendido varios trastos sobre una manta en el suelo. El policía apunta cosas en una libreta y uno de los chavales recoge la manta. El policía le devuelve la documentación que le había pedido. Suponemos que le acaba de poner una multa.
Una vez que Juanan nos ha dejado, el resto del grupo nos acercamos al extremo sur de la explanada donde hace pocas semanas el ayuntamiento ha levantado una pared de bloques de hormigón para aislar una rotonda en desuso en la que solían ponerse vendedores alegales de productos a precios ínfimos. Por lo que nos cuentan, algunos continúan viniendo a primera hora y se siguen poniendo en las cercanías antes de que llegue la policía.

Después nos damos una vuelta por la parte de ropa y menaje y acabamos tomando una cerveza a modo de vermut junto a un bar-furgoneta situado al fondo de los puestos. Una de las compañeras del paseo ha aprovechado para comprarse unas bragas, “están más baratas en el Primark pero se me han antojado” nos dice complacida.

Mientras tomamos el vermut vamos compartiendo impresiones. Julia valora especialmente que éste todavía es un espacio para estar, no solo para circular, para encontrarse, no solo para consumir. Hablamos del levantamiento de la pared de cemento, de que algunos de los vendedores de la sección de las telas se quejaban de los que se ponían en la rotonda, “es que yo pago y esos no” decían. Pero alguien ofrece otro punto de vista, “la competencia de los puestos de telas”, dice, “no son los pringaos que cogen cosas de los contenedores y las venden a dos duros junto a la rotonda, la competencia la tienen en las tiendas de los chinos y en las grandes superficies, y contra eso poco pueden hacer”.
Y aparecen en la conversación diferentes formas de pagar por la posibilidad de establecer un puesto, planteándonos si tal vez poner en valor un trozo abandonado de ciudad, conformar un espacio común donde cualquiera puede estar a gusto, y construir comunidad no serán ya formas de pago más que suficientes.

Félix A. Rivas. Grupo de Estudios Metropolitanos A_Zofra