El balance en números rojos de un continente

Posted on junio 24, 2012

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Christian Marazzi 23/05/2012

Traducción:A Zofra

El economista Jacques Sapir responde afirmativamente al provocativo título de su último ensayo “¿Hay que salir del euro?” y denuncia las relaciones de fuerza en favor de la economía alemana presentes dentro de la UE. 

 

Las elecciones francesas y griegas han añadido nuevos factores de inestabilidad a una unión monetaria europea que ya es económica y socialmente insostenible. A partir de ahora, la única alternativa posible es la siguiente: o los países fuertes de Europa aceptan garantizar el pago de las deuda de los países débiles o la ruptura del euro pasa a ser inevitable.

En ambos casos está en juego la definición del plano de la soberanía, la posibilidad al o menos de gobernar la salida de la crisis con políticas de crecimiento declinadas a escala nacional o supranacional. En medio de esto está el euro, su arquitectura, su “naturaleza”. Analizarlo críticamente, como ha hecho Jacques Sapir en su “¿Hay que salir del euro?” resulta cada vez más urgente, especialmente para hacer frente a la falsa idea segun la cual la ruptura del euro significaría el final de Europa, de su posibilidad misma. Digamos brevemente, antes de entrar en la tesis de Sapir, que la idea de un pacto para el crecimiento lanzada por el presidente del BCE, Mario Draghi, para calmar a François Hollande, así como la idea de un plan Marshall de 200 millones de euros destinados a inversiones en infraestructuras, financiadas por un Banco Europeo de Inversiones (BEI) por no hablar de la idea de aplazar un año los objetivos de saneamiento de las cuentas de los paises que tienen dificultades, no tienen ninguna posibilidad de frenar la caída en recesión cada vez más grande de países como Italia o España. El pacto para el crecimiento propuesto por Draghi no es otra cosa que una propuesta de reformas destinadas a liberalizar aún más el mercado de trabajo para aumentar la competitividad de las economías europeas, mientras que el plan Marshall europeo consistiría en la apertura de obras en infraestructuras  para relanzar “keynesianamente” el crecimiento. En ambos casos se trata de medidas a medio y largo plazo que nada pueden hacer con la urgencia de la situación, en particular con el aumento de las deudas públicas inducido por la recesión y la consiguiente necesidad de continuar con más medidas de austeridad. La negación automática de la señora Merkel a la demanda de acabar con las políticas de austeridad que emergen de las urnas griegas y francesas, ha frustado cualquier “Pacto para el crecimiento ” dado que en este caso, Alemania sería sin duda llamada de nuevo a hacerse cargo de las deudas de los países débiles (ya ha gastado más de 200 millones para salvar el euro).

 El pecado original

Y entonces, ¿qué hacer? ¿Pedir al BCE que monetarice directamente la deuda pública de los países débiles? ¿Lanzar los eurobonos para mutualizar las deudas de los países de la eurozona? ¿Transformar la Unión Europea en una Unión de Trasnferencias Financieras en nombre del federalismo europeo? ¿Ponerse a gastar en el interior de cada estado, teniendo luego que se castigado por los mercados financieros? ¿Continuar como seguramente harán, con la política de parches, para tratar de ganar tiempo, pero con costes cada vez más elevados y corriendo el riesgo de que la situación se vaya de la mano?

Es en este punto que el análisis del economista francés -investigador de la “Escuela de altos estudios de ciencias sociales” y impulsor del “Centro de estudios de los modos de industrialización”-  Jaques Sapir se revela particularmente valiosa. En primer lugar, Sapir demuestra cómo el euro ha sido concebido desde el principio como una moneda del todo funcional a los intereses económicos alemanes y cómo esto ha sido posible gracias a una serie de precauciones de orden constitucional que hoy por hoy restringen cualquier margen de maniobra económico monetaria. El compromiso original inscrito en el Tratado de  Maastrich de 1993 garantiza efectivamente a Alemania el derecho de acceso sin restricciones (arancelarias o monetarias) de los productos alemanes los principales mercados de los países vecinos, y ello a cambio de un ajuste a la baja de los tipos de interés. “En otras palabras, si Alemania obtenía un libre acceso a los mercados de sus vecinos, a cambio ofrecía la posibilidad de endeudarse a buen precio para…comprar los productos alemanes.”

Por otra parte, el tribunal constitucional de Karlsruhe precisa, desde la ratificación del tratado de Maastrich, que el paso a la moneda única debe hacerse en el marco de una comunidad de estabilidad monetaria (que pasa por ser el fundamento de la ley alemana), lo cual excluye tanto la monetización directa de las deudas soberanas por parte del BCE, como la creación de los eurobonos tan de moda en estos tiempos. En el primer caso, como se ha visto en el caso de la “Long Term Refinancing  Operation” que ha visto al BCE inyectar mil millones de euros en los bancos comerciales a través de la adquisición de obligaciones públicas y así reducir temporalmente las progresiones de España e Italia, el objetivo de la estabilidad no sólo ha revelado lo poco que tiene de Banco Central el BCE (es, de hecho, un banco privado), sino también cómo esta operación ha sido de corta duración y totalmente ineficaz.

En lo que respecta a los eurobonos, hay que decir que la mutualización de las deudas soberanas no implicaría necesariamente una importante reducción de los tipos de interés en beneficio de los países endeudados (los mercados financieros no razonan en términos de medias sino de riesgos) pero ciertamente aumentaría los de los alemanes, lo que explica el terco rechazo a los eurobonos por parte del gobierno alemán.

El pleno empleo precario

Pero el punto decisivo del análisis de Sapir es el que demuestra que la construcción monetaria sobre el modelo de la teoría neoclásica de la moneda (de una moneda-velo que en régimen de prefecta movilidad de capitales excluye la necesidad de una política monetaria nacional) no es tanto fruto de la ideología de la austeridad sino, el reflejo de una limitación demográfica estructural dentro de Alemania.

La “responsabilidad del presupuesto” de cada estado miembro, que es la negación de un presupuesto común europeo, siempre ha tenido como objetivo evitar cualquier tasa externa sobre el ahorro acumulado y capitalizado dentro de un país que ya a finales de los años ochenta conoce un fuerte descenso demográfico y se enfrenta por eso  al problema del pago de pensiones. Era necesario, por tanto, poner en seguridad el valor patrimonial de lo que los alemanes habrían tenido que ahorrar. “A tal fin, el gobierno de Alemania no encontró mejor remedio que plegarse todavía más a la lógica de los mercados financieros”

Es evidente que la “Unión de Transferencias”, la unión de transferencia de ahorro alemán a los países con dificultades, es impensable dentro de estas relaciones estructurales, con el visto bueno de la hipótesis federalista y sus seguidores. La moneda única por tanto está íntimamente ligada a un “modelo alemán” en el cual la capitalización del ahorro, las contra-reformas del mercado de trabajo (Hartz IV) del gobierno rojo-verde de los primeros años 2000, que generaron un “pleno empleo precario” compuesto por bajos salarios y austeridad asistencial, la fuerte especialización de la industria de exportación, para la cual era y sigue siendo necesaria la imposibilidad a la devaluación monetaria por parte de los países miembros competidores, han transformado el euro en una forma de profundizar los desequilibrios internos a la zona europea. La unidad monetaria no ha producido en ningún caso la unificación de los mecanismos económicos de los distintos países, al contrario, las balanzas comerciales no han dejado de divergir, consolidando hasta tal punto la asimetría entre países exportadores y países importadores que ni siquiera un aumento de la demanda interna alemana, que el ministro de Hacienda Schauble reconoce hoy como algo deseable, permitiría a Alemania hacer de locomotora de la economía europea.

El equivalente universal del enemigo

A todo esto se junta el hecho de que, como recuerda el economista Sergio Rossi, pese a las apariencias, los países que forman la zona euro tienen los sistemas de pago separado (Target-2) en cuanto que falta un mecanismo por el que garantizar  que las importaciones de cualquier género sean pagados realmente y no solo nominalmente.

Aunque tengan todas el mismo nombre y los gobiernos nacionales hayan cedido su soberanía monetaria al BCE, los países miembros continúan de hecho teniendo monedas heterogéneas. Lo que falta es una moneda supranacional (un eurobanco si se quiere)que funciones como vehículo real de poder adquisitivo entre los países que tienen relaciones de intercambio. Esto implica la acumulación de posiciones crediticias por parte de Alemania (más de 500 millones de €) que en caso de una disolución de la zona euro o del fracaso de un estado “periférico”, implicaría una pérdida monumental, con mayor razón si persiste el actual sistema de pagos internos de la Unión Europea. “En efecto, escribe Sapir, podemos preguntarnos si el cálculo hecho por los gobernantes de Berlín, según el cual el mantenimiento de la zona euro resulta más caro que su disolución, no es una buena excusa para ponerle fín o al menos para provocar una grave crisis con el objetivo de reconfigurarla según sus deseos, es decir, sin los países “de riesgo””.

¿Debemos entonces salir del euro? Según Sapir sí, en cualquiera de los casos hay que salir de “ese” euro, porque no se lucha contra el capitalismo financiero sin luchar contra su expresión monetaria, es decir, contra el euro. La idea es pasar de la moneda única a la moneda común, que, según Sapir, debería ser un sistema monetario basado en las monedas nacionales, relacionadas entre ellas por paridades fijas pero ajustables a las cuales se añade una moneda supranacional que garantiza todas las transacciones  comerciales y financieras con los países fuera de la zona, lo que implica también un acuerdo colectivo sobre las limitaciones de movimientos de capitales y las operaciones de mercado.

Independientemente de como se la evalúe, la cuestión de la moneda común está sobre la mesa; hay que trabajar para articularla a escala supranacional partiendo de ese “común” que está en la base de nuestra Europa.

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