Qué cultura y en qué ciudad

Posted on diciembre 27, 2009

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(Cápsula 4 del Foro de Usuarios de Arte Contemporáneo)

A Zofra es un grupo de estudios multidisclipinar que desde hace casi dos años trabaja en tareas de autoformación e investigación sobre la metrópolis contemporánea. En nuestras líneas de trabajo y debate hemos planteado como central el derecho a la ciudad y, dentro de él, el derecho a la cultura entendida como algo que atraviesa la vida de todos, y no solo de quienes somos “usuarios del arte contemporáneo” o componemos una “clase creativa” autóctona o residente en la ciudad.

En este sentido, el debate que a día de hoy está sobre la mesa de las instituciones gubernamentales sobre la candidatura de Zaragoza a capital cultural en 2016 nos abre la posibilidad de plantear unas políticas culturales alternativas, que no se centren solo en la creación como elemento espectacular o industrial, de creación de beneficio y de contenidos para una “ciudad marca”, sino que posibiliten la unión del fomento de las actividades culturales con una mejora en las condiciones sociales de los ciudadanos.

La esfera creativa, como parte importante de la sociedad, no puede darse separada de ella. Así, entendemos la cultura como un “ecosistema” que necesita de la salud de todos sus componentes para desarrollarse, para ser fértil. Desde nuestro punto de vista, el creador como individuo aislado, esa concepción individualista del “genio”, ha quedado obsoleta (si es que en algún momento tuvo vigencia). El sujeto creador es colectivo, necesita de la influencia de su entorno, de la creación colectiva y el imaginario común para desarrollar ideas atractivas desde el punto de vista estético y de contenido, bien organizadas y con continuidad en el tiempo. Para ello, han de darse unas condiciones que garanticen la sostenibilidad de ese ecosistema, y que a efectos prácticos dividimos en materiales e inmateriales, aunque sean dependientes unas de otras.

Vemos cómo la capitalidad cultural centra sus líneas estratégicas, por un lado, en la existencia de unas grandes insfraestructuras-contenedores que se antojan alejadas de lo común, a pesar de su titularidad pública, orientadas más a la atracción de turismo y capital que a la satisfacción de las necesidades del tejido cultural propio de la ciudad. Sin embargo, no se pone el acento en los centros que potencialmente serían catalizadores de la cultura en los barrios -como los centros cívicos o los centros sociales, las casas de juventud como primer paso en la formación artística de los jóvenes…-.

La cuestión de la necesidad de espacios abarca también la vía publica, donde la creación esta coartada por una ordenanza cívica que criminaliza y pone barreras al uso de la calle como lugar de encuentro y difusión de las creaciones artísticas. Como ejemplo del modo en que la existencia de un lugar abierto a la cultura libre es beneficioso para ese ecosistema cultural, y de cómo su desaparición pone en riesgo el equilibrio de ese medioambiente creativo, proponemos el de la sala Arrebato, con un peso específico del colectivo que la gestionaba como sujeto creativo, así como de ‘nodo’ en una red de creadores en el campo de la música. Justificado o no su cierre por motivos urbanísticos, su pérdida supone un mazazo para la salud de la música contemporánea en Zaragoza.

Pero además del “lugar”, vemos la necesidad de unos “recursos” económicos que el sistema no garantiza ni provee en igualdad de condiciones para todos. La reciente movilización de una plataforma de artistas en defensa de los presupuestos municipales de cultura viene a decirnos que esta preocupación no es exclusivamente nuestra sino que es compartida por todos aquellos que trabajan o disfrutan de las manifestaciones culturales en la ciudad. Por un lado, sabemos que la renta de los trabajadores es limitada y que eso a su vez limita el acceso a los productos culturales. Por otro, sabemos que las iniciativas culturales que comienzan desde el tejido social sin un apoyo empresarial previo tienen muy difícil desarrollarse y resultar independientes económicamente.

Es cierto que desde el Ayuntamiento se han propuesto iniciativas como la creación de una “calle de la música” en la calle de las Armas, en el barrio de San Pablo. Interrumpir la degradación de un barrio como éste debe ser una prioridad política, pero el problema sigue siendo diseñar las políticas culturales obviando las condiciones sociales de su implementación. Si estas políticas no adquieren una fuerte dimensión social (alquileres sociales, mayor cohesión social, calidad de las relaciones de producción que se establezcan, etc.), aunque puedan atraer un cierto número de artistas y de vecinos jóvenes, corren riesgo de ver diluidos sus objetivos culturales en un proceso de especulación urbanística más como ha sido el ejemplo de Triball en Madrid.

En cambio, el objetivo primero de las políticas culturales debería ser asegurar el ambiente creativo y los recursos necesarios para que se produzca de forma eficaz la cooperación social que hace posible cualquier forma cultural apreciable. En segundo lugar, y en el campo de lo inmaterial, nos preocupa el modo en que se desenvuelve el ecosistema cultural de la ciudad. Respecto a las relaciones que regulan las llamadas “políticas culturales” creemos que la cuestión no es tanto si éstas se producen en un ámbito público o privado, como si éstas se producen en un ámbito realmente democráticos de modo que las líneas guía de esas políticas estén realmente en manos de los “usuarios de la cultura”. Utilizamos este término “usuarios” ya que da nombre a la jornada que hemos desarrollado hoy aquí, y que nos gusta por su neutralidad, aunque creemos que otra parte importante del debate sobre la cultura debería pasar por reflexionar sobre los roles con los que las personas participamos en los procesos de creación y difusión del arte.

Tratando de ser optimistas y abandonando la lógica desconfianza en las instituciones gubernamentales que gestionan la cultura, como colectivos de creadores u grupos de “usuarios” del arte sentimos que la fuerza está de nuestro lado. A día de hoy, somos estos grupos de creadores y usuarios los que definimos la calidad de la producción cultural de la metrópolis. Los gestores y representantes públicos cometen un error cuando se dedican a organizar verticalmente la potencia de esta producción social.

Al contrario, su papel debería ser garantizar esas condiciones citadas previamente que permiten que la cultura alcance un nivel máximo y satisfactorio, y no tanto ser proveedor de esa cultura cuyos medios de producción y su fuerza creativa y de trabajo no están en sus manos. Por todo ello, un plan estratégico de la cultura en Zaragoza ha de preguntarse si se dirige a garantizar la viabilidad de un derecho a la cultura (en cuanto a producción cultural de calidad y en condiciones de dignidad y en cuanto a acceso a una cultura con sentido), parte inescindible de un nuevo derecho a la ciudad. Y si esto no es así, plantearse las acciones necesarias para que estas condiciones ecológicas se den de hecho.

El debate no ha de quedarse en una mera propuesta teórica, sino que los “usuarios” hemos de ser capaces de mirar e interpelar a las instituciones desde una posición de igualdad, con respuestas que sean efectivas y satisfactorias y una actitud propositiva.

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